La memoria de los árboles



He decidido escribir una pequeña serie de artículos para explicar desde el corazón y el recuerdo, los motivos que hicieron nacer crecer y perdurar hasta ayer mismo, la “piromanía” en las mentes de algunos gallegos viejos (o simplemente antiguos…). Quede aclarado de antemano que estoy en contra de este tipo de prácticas y que lo que se expone en estos relatos es una realidad que no se ha querido afrontar más que desde el castigo y la cárcel. Los últimos serán los primeros. Es decir, comienzo con un relato actual e iré yendo hacia atrás en el tiempo…


El viejo con una caja de cerillas y un trozo de tocino…

En realidad se trataba de un viejo con el aspecto que tienen todos los viejos en cualquier pequeño pueblo en el rural de Galicia: botas de agua, pantalones con aspecto de haber estado en las tres últimas guerras y restos biológicos de todas ellas, cinto de cuero mugriento, camisa heredada o deshechada por alguno de sus hijos, boina negra de una talla inadecuda y, debajo de ese disfraz, el otro cuero. La piel arrugada por el paso de los años, mucha intemperie, a veces demasiado cerca del mar o de la nieve en la montaña. Bien curtida, conservando el color claro o virada en un marrón cercano al color de las castañas. Las mismas que seguramente sustituyeron al pan en la dieta de su infancia y juventud, cuando el maíz aún no era cosa de pobres, o si, pero no tenían tierra en las que sembrarlo. La tierra, la posesión de la tierra, nunca ha sido cosa de pobres.

El viejo sube al monte para recoger a su asno que ha dejado paciendo en la madrugada. Lo hace a primera hora de la tarde, como siempre, con el tiempo meticulosamente calculado por la rutina. Quedan muchas cosas que hacer aún antes de que anochezca y las gallinas de recojan en el corral. Los asnos se dejan en un lugar del monte común, donde hay pasto suficiente; pero son animales díscolos y caprichosos. Puede que ese día no tuviesen programada esa dieta y con sus cuatro patas recorren kilómetros por cualquier camino o incluso por ningún camino. Hay que contar con ese tipo de inconvenientes. Nunca se sabe a ciencia cierta en que lugar se encontrará al animal.

El viejo suele llevar en la mano un hacha, una poda o una hoz. Nunca sube al monte con las manos vacías. Siempre se hace acompañar por un instrumento que pueda hacer las veces de arma y herramienta, por lo que pueda pasar. Hace años que no se ven lobos, los zorros no atacan a los humanos y los hombres lobo, esos que son lobos para el hombre, difícilmente se los va a encontrar en ese monte, en esos bosques que un día fueron ancestrales y hoy son reservas de madera para papel; esos lobos están en los despachos donde se sigue decidiendo qué árboles debe haber en el monte común y a quien deben beneficiar.

Pero… puede que encuentre una rama que deba ser cortada y aprovechada para el fuego del hogar, para hacer una estaca que sujete la parra o simplemente un poco de hierba alta para hacer cama en las cuadras. Y el viejo sigue la rutina de sus pensamientos. Divisa al asno, lo recoge lo ata a un pino manso mientras recoge unas ramas y las apila cuidadosamente al lado de un arbusto seco. Saca de su bolsillo un paquetito pequeño, hecho con papel de un periódico que no ha leído, grasiento, en su interior seguramente habrá un poco de tocino. Lo coloca en el centro de las ramitas, mira a su alrededor. Conoce el monte, conoce sus sonidos, sus olores. No hay nadie, sólo él, su asno y su determinación.

Entonces, de otro bolsillo saca una caja de cerillas, prende una y la acerca al paquetito con el tocino bajo las ramas secas. Espera a que prenda un poco y cuando está seguro de que ya no se apagará. Desata al asno y abandona el lugar por donde vino o por otro camino, los conoce todos, hace 60 o 70 años estaba allí mismo cuidando las ovejas o las cabras de su padre, oliendo el aroma de los pinos en primavera, escuchando el sonido de los árboles, de las hojas, de los pájaros. Ahora le gusta oler el fuerte aroma de los eucaliptos ardiendo. Porque la venganza es un plato que se sirve frío y él ha dejado pasar el tiempo, pero nunca ha olvidado la opresión de los chacales que le robaron una parte de su vida…
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